Muchas veces creemos que mirar una obra es simplemente evaluar si nos gusta o no.
Pero para mí, mirar una obra significa algo mucho más profundo.
Significa detenerse a reconocer esos pequeños logros que vamos conquistando en el camino. Significa entender hacia dónde nos está llevando nuestra búsqueda artística y permitir que la imagen aparezca sin prejuicios ni exigencias.
Con el tiempo entendí que construir una voz artística no tiene que ver con repetir siempre la misma imagen o trabajar eternamente con el mismo material.
De hecho, creo exactamente lo contrario.
Creo que la identidad artística aparece cuando podemos recorrer distintos materiales, cambiar de técnicas, explorar nuevas composiciones y, aun así, seguir sintiendo que la obra habla de nosotras.
Hay un momento muy especial en el que miras una pintura y pensáis:
«Sí… esto soy yo.»
No porque la obra sea perfecta. Sino porque sentís que está conectada con algo verdadero. Y esa conexión no aparece solamente mientras pintamos.
También aparece cuando aprendemos a observar lo que ya hicimos.
Por eso, este mes les propuse un ejercicio diferente a las alumnas del taller. Les pedí que escribieran todo lo que se les ocurriera sobre una de sus obras.
No un análisis técnico. Un diálogo.
Podía ser un cuento, una historia, una carta, preguntas y respuestas, o simplemente una conversación con esa imagen. La consigna era dejar que las palabras aparecieran igual que aparecen las manchas de una acuarela: sin controlar demasiado.
Y pasó algo muy interesante.
En ese diálogo empezaron a surgir recuerdos, emociones, asociaciones, preguntas y experiencias que antes no eran evidentes. Como si la obra empezara, finalmente, a hablar. Creo que ahí empieza a aparecer el alma de una obra.
No en la técnica.
No en el resultado.
Sino en la relación que somos capaces de construir con ella. Ese diálogo también forma parte del proceso creativo. Porque una obra no termina cuando dejamos el pincel. Muchas veces recién empieza cuando nos sentamos a mirarla. Después de esa primera lectura emocional, propongo hacer un segundo ejercicio.
Ahora sí, observar la obra desde un lugar técnico.
¿Cómo está construida la composición?
¿Qué materiales elegiste?
¿Qué paleta de color aparece con mayor frecuencia?
¿Cómo son los ritmos, los espacios vacíos, los gestos y las formas?
¿Por qué tomaste esas decisiones?
Me gusta pensar que este análisis es un puente.
De un lado está la emoción.
Del otro, el lenguaje visual.
Y cuando ambos empiezan a encontrarse, la práctica artística se vuelve mucho más consciente. Comprendemos que cada decisión técnica también comunica algo de nosotras. Y que la creatividad no nace solamente de una idea, sino de la relación entre lo que sentimos y la forma en que elegimos expresarlo.
Construir una identidad artística requiere tiempo, paciencia y compromiso. Hay momentos en los que parece que nada funciona.
Sentimos que no sabemos pintar, que no encontramos un camino o que nuestra obra no dice nada. Creo que todas las artistas pasamos por ahí.
Pero también creo que, si seguimos observando, registrando y sosteniendo la práctica, empiezan a aparecer pequeños descubrimientos.
Y esos pequeños descubrimientos terminan produciendo grandes transformaciones. Por eso, en mi taller trabajamos este recorrido de manera acompañada. Exploramos tanto el mundo emocional como el lenguaje de las artes visuales. No buscamos copiar un estilo.
Buscamos comprender qué hace única a cada obra y ayudar a cada artista a construir una relación más consciente con su propio proceso creativo.
Porque, al final, mirar tu obra no es solamente observar lo que hiciste.
Es aprender a comprender quién sus mientras la estás creando.
¿Y vos?
¿Cuándo fue la última vez que te sentaste a conversar con una de tus obras, en lugar de simplemente evaluarla?
Me encantaría leerte en los comentarios.
